Esto es para mayores de 18 años. Si no los tienes, no deberías mirar a través de la cerradura.
Si alguien siente vulnerado su copyright, no tiene más que comunicármelo y retiraré el texto, imagen o sonido en cuestión.

jueves, 10 de marzo de 2011

Fue hermoso

El título del último poema publicado es "Ausencia". De alguna manera, dicho título no dejaba de ser un aviso. Sí, ha llegado la hora de abandonar este palacete de voyeurs y amantes de los textos eróticos. Es necesario. Aquí explico los motivos, que pueden ser más válidos o menos según quien los lea e interprete, pero que lo son mucho para mí. Lo necesito, necesito tiempo y espacio para otros proyectos. Mientras tanto, podréis seguir entrando a espiar a través de la cerradura de las habitaciones que construí para la fantasía, pero no voy a seguir añadiendo más habitaciones. Si me echáis de menos, y queréis y os apetece, de momento, podréis encontrarme en la jungla y pescando nuevas historias en el éter. Allí estaré. Fue hermoso haberos conocido a algunos e intuído a muchos más. No dejéis de buscar la belleza a través de las cerraduras o sin cerraduras de por medio. Hasta siempre.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Ausencia


Apenas te he dejado,
vas en mí, cristalina
o temblorosa,
o inquieta, herida por mí mismo
o colmada de amor, como cuando tus ojos
se cierran sobre el don de la vida
que sin cesar te entrego.

Amor mío, nos hemos encontrado
sedientos y nos hemos
bebido toda el agua y la sangre,
nos encontramos
con hambre
y nos mordimos
como el fuego muerde,
dejándonos heridas.

Pero espérame,
guárdame tu dulzura.
Yo te daré también
una rosa.


Texto: "Ausencia" de Pablo Neruda

domingo, 20 de febrero de 2011

Los siete pecados capitales

Igual es pediros mucha paciencia, pero me gustó tanto el poema "Los siete pecados capitales" de José Antonio Ochaíta, que no me resisto a colgarlo todo entero, aunque sea tan largo, con todas las fotos que lo ilustraron cuando lo colgué por fragmentos. Os agradezco de antemano vuestra comprensión.


LOS SIETE PECADOS CAPITALES

Lo mismo que un San Jerónimo, 
hueso pellejo y raigambre,
llorando estoy en tu puerta 
mis pecados capitales.
Los siete no... los catorce,
que a catorce cientos caben,
que cada uno de los siete
que en el catecismo se abren,
se hicieron siete y setenta,
 y setecientos azares.
sólo por ti, por el gozo 
pecador de aprisionarte.

Culpas de soberbia tuve,
y ahora gozo en confesarte;
soberbia... tuve de ti,
 si es pecado, que me manden
descalzo a Jerusalenes,
 que por mucho que me manden,
 la soberbia irá por dentro
de mis sienes clareándose.
 Que quien una vez te tuvo
en abandono de sangre,
 poco castigo es que luego 
 lo fuercen a condenarse.


Y avaricia... ¿Quién pensó
 que aquellos jardines reales...
 las magnolias en el pecho
y la saliva de dátil,
no tendrían avariento
jardinero que los guarde...?
 Si hasta para ser avaro,
 ¡Dios me sostenga el aguante!
 avaro fui de la pena
que un día me regalaste,
 y me clavé los tres clavos
desde la punta al remache.


De lujuria, no digamos,
 que es cosa que ha de callarse,
que pregunten a la alcoba,
y a las sábanas de enlace
 y a las veinte perinolas
que estaban almidonándose;
que ellas dirán lo que fui: 
 toro, palomo y arcángel
entre edredones de plumas 
vencido y de abochornarse.


Ira tuve contenida;
 ira de ti, ¡Dios me ampare!
ira de ti, de sentir...
 tu entrega sin entregarte,
 ira de saber que siendo,
 tan valiente... soy cobarde,
 y un día con Dios de espalda
y tu mentira en la tarde,
no te agarroté del cuello
y te estrangulé de balde,
y aquel pase y después gloria,
 gloria de bandillo y carne.


Hasta gula profesé,
 yo que soy sobrio de panes,
 que medio sorbo yo bebo
 de vino para hartarme.
 ¡Si aún doy bocados al aire
porque el manjar de tu cuerpo
golosamente me sabe!


Y envidia...
 que fui envidioso de tu vida,
de tu antes,
de cuando no estaba yo
pegado a tus palpitares,
y a quien me cogió
la delantera en tu sangre,
le deseo sinapismos 
de lumbre en los riñonales,
y si sus señas supiera...
provincia, ciudad y calle,
 por la envidia que le tengo,
prendería su linaje
con tanta pólvora negra
que ni rastro le quedase.


 ¿Qué me falta...?
sí, hasta tuve pereza
para que no falte el séptimo,
son sesenta en catecismo de amante,
pereza de no moverme,
pereza de no dejarte,
pereza de que se hundieran,
 casa, familia y caudales
sólo por estar contigo,
pegado, lacre con lacre.


Siete pecados me cogen
 del pelo a los calcañales.
Soberbia con avaricia,
 lujuria con ira grande,
gula y envidia y pereza.
 Y si no fueran bastante,
 los siete pareieron siete 
con siete multiplicares.

 Dile que venga a la tuya
al escribano, al alcalde,
 al sepulturero, a todos
los que quieran escucharme;
 tengo dentro de las venas
 los pecados capitales
 y busco mi contrición
algo que de ti me aparte,
que estoy pasando un infierno
donde cuando me achicharre,
los cuatrocientos pecados
darán la lumbre a tu imagen.


Texto: José Antonio Ochaíta
Imágenes: 1. Soberbia, autor desconocido.
                2. Avaricia, autor: Alexandre Dupouy.
                3. Lujuria, autor desconocido.
                4. Ira, autor: Ken Marcus.
                5. Gula, autor: Ken Marcus.
                6. Envidia, autor desconocido.
                7. Pereza, autor: Jacek Pomykalski
                8. Autor desconocido.

jueves, 10 de febrero de 2011

Amé su cuerpo


Amé su cuerpo entonces y su alma.

Su piel fue para mí la tierra firme;
la soñé como un sexto continente
no registrado en mapas todavía.

Soñé con la bahía de su boca.

Su pelo era una selva virgen
que abría su misterio mineral y oscuro.
Soñé con las ciudades de sus pechos.

Los ríos de las venas que afloran en su piel
eran rutas abiertas
a la navegación y al gozo.

Se podía viajar en su mirada.

En las blancas llanuras de sus manos
yo cultivé el maíz y buenas relaciones.

Después no pude estar sino en su cercanía.

  

Texto: Otto Raúl González

jueves, 3 de febrero de 2011

Y después

 
Tal vez mañana
se quiebre la tormenta
y se me enrede el silencio entre los ojos;
tal vez de tanto amor
se nos llene la boca
y acabe por romperse.
Estamos juntos, sí,
y es posible que seas tú
quien esté a mi lado.
Escapas por el borde de mis labios,
abandonas el cuerpo que fue tuyo,
pero estoy tan viva
cuando me tocas,
que ni siquiera tengo
una respuesta,
ni la palabra me asiste,
ni me pertenece,
porque la sed se me ha pegado a la garganta
y la saliva es
un océano inmenso
donde las algas flotan.
Las olas me acarician la espalda,
y la sal se me cuela por las uñas,
y te deseo,
y me deseas,
y tu humedad me limpia,
y despierta este grito,
este misterio,
esta forma de verte tras las nubes.
Rodeo tu cintura,
y resbalo,
y nado a ciegas
por ese abismo sin fondo
que me ofreces.
Después de hoy, la noche,
la noche que me lleva
la noche que seduce mis instintos,
y me devora siempre de igual modo,
y me vomita sobre la arena artificial
de alguna playa.
Mira cómo se me agrieta la piel,
cómo se me vuelve jirones la esperanza….
 
Texto: "Y después" de Ana Garrido

domingo, 30 de enero de 2011

Regalo con estilo


El dia 26 de enero, Shurime, me hizo un bonito regalo. Es toda una sorpresa para mí, muchas gracias por considerar "A través de la cerradura" un blog con estilo :-)

martes, 25 de enero de 2011

La miel de tus pezones


De tu perfil de poma y sembradura
quiero la curva doble de tu seno,
quiero la miel que grana en tus pezones,
quiero la negra llaga de tu pelo.
Quiero que tu presencia me ilumine,
ara en que de hombre me inmolé sin precio,
cuando los pulsos tardos se detengan
por las cavernas hondas de mi cuerpo.
Quiero en el margen quieto de lo sido
de tus pupilas su paisaje abierto
y por las turbias sendas de la muerte
hacer camino en tu presencia quiero.
Quiero llevar tu tacto
inmune en la memoria
quiero en las hondas yemas de mis dedos
robar la acequia que en tu piel se posa
y hacerla insomne
temblor...
siempre latiendo.



Texto: "Transmigración del tacto" (fragmento) de Juan José Alcolea J.

sábado, 22 de enero de 2011

Geografía cósmico-amorosa



Tú eres mi continente,
la cama, mi planeta,
tus ojos, mis prados,
tu piel, mi dulce desierto.

Oigo tu leve viento
de continente dormido,
y afuera llueve, en otra galaxia.
Qué hermosa sinfonía cósmica.
Lluvia, viento, calor, amor.

A veces, siento una sed hambrienta,
Y tú me ofreces tu dulce río-pasión,
porque soy tu única habitante,
y a la vez, tu agujero negro.

Por Assumpta Solsona Cabiscol (1999)

sábado, 15 de enero de 2011

Tu cuerpo

 
Sólo yo sigo el movimiento
sensual de tu boca.
Tan sólo para mí
eres la más hermosa de todas.
Solamente yo en toda esta ciudad,
perdido entre la gente, busco tu rostro.
Todas las calles me llevan
sin darme cuenta hacia tus ojos,
todos mis deseos como un río
desembocan en tu cuerpo,
en tu cálido y mediterráneo cuerpo.
Tu cuerpo, que no es distinto a otros cuerpos
y sin embargo... es tan distinto,
tal vez... porque únicamente yo conozco
los secretos que guarda tu cuerpo...
Fértil como la buena tierra,
generoso, como un buen vino,
fresco como el aíre de la sierra
abundante, como el verde en primavera,
tu cuerpo..., claro como la luz del día,
misterioso como la noche oscura,
oloroso como un manzano,
inquietante como el mar revuelto.
¡Cuantas veces he navegado por ese mar,
sin haber naufragado nunca!
Y no lo digo  por jactancia.
 
Texto: "Tu cuerpo" (fragmento) de  Gian Franco Pagliaro.

lunes, 10 de enero de 2011

Mallorca

Veraneaba yo en Mallorca, en Deyá, cerca de la cartuja donde se hospedaron George Sand y Chopin. A primera hora de la mañana, a lomo de asno, recorríamos el duro y difícil camino hasta el mar, montaña abajo. Nos llevaba alrededor de una hora de lento esfuerzo por senderos de tierra roja, pisando rocas y traicioneros guijarros, por entre olivos plateados, hacia las aldeas de pescadores, simples barracas apoyadas en la ladera de la montaña.
Todos los días bajaba a la cala, donde el mar penetraba en una pequeña bahía redonda, de tal transparencia, que podía sumergirme hasta el fondo y ver bancos de coral e insólitas plantas acuáticas.
Los pescadores me contaron una extraña historia. Las mujeres mallorquinas eran muy inaccesibles, puritanas y religiosas. Cuando se bañaban, llevaban anticuados trajes de largas faldas y medias negras. La mayor parte de ellas no creía en absoluto en las virtudes del baño y lo dejaban para las desvergonzadas veraneantes extranjeras. También los pescadores condenaban los modernos bañadores y la conducta obscena de las europeas. Decían de ellas que eran nudistas, que esperaban la menor oportunidad para desvestirse por completo y echarse al sol desnudas como paganas. También miraban con desaprobación los baños de medianoche introducidos por los americanos.
Una noche, hace varios años, la hija de un pescador, de dieciocho años, caminaba a la orilla del mar, brincando de roca en roca, con su vestido blanco ceñido al cuerpo. Paseando así, soñando y contemplando los efectos de la luna sobre el mar, con el suave chapaleo de las olas a sus pies, llegó a una recoleta cala donde se dio cuenta de que alguien estaba bañándose. Sólo podía ver una cabeza que se movía y, de vez en cuando, un brazo. El bañista se encontraba muy alejado. La joven oyó entonces una voz alegre que la llamaba:
–Ven y báñate. Es maravilloso. –Estas palabras fueron pronunciadas en español, con acento extranjero. La voz la llamó–: ¡Eh, María! –Era alguien que la conocía. Debía de tratarse de una de las jóvenes americanas que se bañaban allí durante el día.
–¿Quién eres? –preguntó María.
–Soy Evelyn. ¡Ven y báñate conmigo!
Era una tentación. Podía despojarse fácilmente de su vestido blanco, y quedarse en camisa. Miró a su alrededor. No había nadie. El mar estaba en calma, manchado de luz de luna. Por primera vez, María compartió la afición de las extranjeras por el baño de medianoche. Se quitó el vestido. Tenía el cabello largo y negro, cara pálida y ojos rasgados y verdes, más verdes que el mar. Estaba bien formada, de pechos erguidos, largas piernas y cuerpo estilizado. Sabía nadar mejor que cualquier otra mujer de la isla. Se deslizó en el agua e inició sus largas y ágiles brazadas en dirección a Evelyn. Evelyn buceó, salió a flote y la agarró por las piernas. Estuvieron jugando dentro del agua. La semi obscuridad y el gorro de baño de Evelyn hacían difícil ver su cara. Las mujeres americanas tenían voces como de hombre.
Evelyn forcejeó con María y la abrazó bajo el agua. Ascendieron para respirar riendo, y nadaron indolentemente, separándose y volviéndose a reunir. La camisa de María flotaba en torno a sus hombros y estorbaba sus movimientos, hasta que se desprendió y María quedó desnuda.
Evelyn se sumergió y la tocó jugando, forcejeando con ella y buceando por debajo y por entre sus piernas. También Evelyn separó sus piernas para que su amiga pudiera bucear entre ellas y reaparecer por el otro lado. Flotando, dejó que María pasara bajo su arqueado trasero.
María advirtió que también Evelyn estaba desnuda.
De pronto, sintió que ésta la abrazaba por detrás, cubriendo todo su cuerpo con el suyo propio. El agua estaba tibia, como un lujuriante almohadón, tan salada que las llevaba, ayudándolas a flotar y a nadar sin esfuerzo. –Eres hermosa, María –dijo la profunda voz, y Evelyn mantuvo sus brazos en torno a la muchacha.
María quiso alejarse flotando, pero la retenían la calidez del agua y el roce constante con el cuerpo de su amiga. Se relajó, aceptando el abrazo. No sintió los pechos de Evelyn, pero recordó que había visto mujeres americanas que no los tenían. El cuerpo de María languidecía y quiso cerrar los ojos.
De pronto, lo que sintió entre las piernas no era una mano, sino otra cosa, algo tan inesperado y turbador que gritó. No era Evelyn, era un hombre, el hermano menor de Evelyn, que acababa de deslizar su pene erecto entre las piernas de María. Esta chillaba, pero nadie la oyó, y su grito fue sólo una reacción que le habían enseñado a esperar de sí misma. En realidad, el abrazo le pareció tan arrullador, cálido y placentero como la misma agua. El mar, el miembro y las manos conspiraron para despertar su cuerpo. Trató de alejarse nadando, pero el muchacho nadó bajo ella, la acarició, le agarró las piernas y la atrapó de nuevo por detrás.
Forcejearon en el agua pero cada movimiento la afectaba más, hacía que notara más el otro cuerpo contra el suyo y las manos sobre ella. El agua hacía que sus senos se balancearan adelante y atrás, como nenúfares flotando. El se los besó. Con el constante movimiento, no podía tomarla, pero su miembro tocaba una y otra vez el punto más vulnerable de su sexo, y María sentía cómo se desvanecían sus fuerzas. Nadó hacia la orilla, y él la siguió. Cayeron sobre la arena. Las olas seguían lamiéndoles mientras jadeaban, desnudos. Entonces, el hombre tomó a la mujer, y el mar llegó hasta ellos y lavó la sangre virginal.
A partir de aquella noche se encontraron a la misma hora.
La poseyó en el agua, bamboleándose y flotando. Los movimientos de sus cuerpos gozosos al compás del oleaje parecían formar parte del mar. Encontraron un repecho en una roca, y allí permanecieron juntos, acariciados por las olas y estremeciéndose en el orgasmo.
Cuando iba a la playa de noche me parecía verlos, nadando juntos, haciendo el amor.

Veraneaba yo en Mallorca, en Deyá, cerca de la cartuja donde se hospedaron George Sand y Chopin. A primera hora de la mañana, a lomo de asno, recorríamos el duro y difícil camino hasta el mar, montaña abajo. Nos llevaba alrededor de una hora de lento esfuerzo por senderos de tierra roja, pisando rocas y traicioneros guijarros, por entre olivos plateados, hacia las aldeas de pescadores, simples barracas apoyadas en la ladera de la montaña.
Todos los días bajaba a la cala, donde el mar penetraba en una pequeña bahía redonda, de tal transparencia, que podía sumergirme hasta el fondo y ver bancos de coral e insólitas plantas acuáticas.
Los pescadores me contaron una extraña historia. Las mujeres mallorquinas eran muy inaccesibles, puritanas y religiosas. Cuando se bañaban, llevaban anticuados trajes de largas faldas y medias negras. La mayor parte de ellas no creía en absoluto en las virtudes del baño y lo dejaban para las desvergonzadas veraneantes extranjeras. También los pescadores condenaban los modernos bañadores y la conducta obscena de las europeas. Decían de ellas que eran nudistas, que esperaban la menor oportunidad para desvestirse por completo y echarse al sol desnudas como paganas. También miraban con desaprobación los baños de medianoche introducidos por los americanos.
Una noche, hace varios años, la hija de un pescador, de dieciocho años, caminaba a la orilla del mar, brincando de roca en roca, con su vestido blanco ceñido al cuerpo. Paseando así, soñando y contemplando los efectos de la luna sobre el mar, con el suave chapaleo de las olas a sus pies, llegó a una recoleta cala donde se dio cuenta de que alguien estaba bañándose. Sólo podía ver una cabeza que se movía y, de vez en cuando, un brazo. El bañista se encontraba muy alejado. La joven oyó entonces una voz alegre que la llamaba:
–Ven y báñate. Es maravilloso. –Estas palabras fueron pronunciadas en español, con acento extranjero. La voz la llamó–: ¡Eh, María! –Era alguien que la conocía. Debía de tratarse de una de las jóvenes americanas que se bañaban allí durante el día.
–¿Quién eres? –preguntó María.
–Soy Evelyn. ¡Ven y báñate conmigo!
Era una tentación. Podía despojarse fácilmente de su vestido blanco, y quedarse en camisa. Miró a su alrededor. No había nadie. El mar estaba en calma, manchado de luz de luna. Por primera vez, María compartió la afición de las extranjeras por el baño de medianoche. Se quitó el vestido. Tenía el cabello largo y negro, cara pálida y ojos rasgados y verdes, más verdes que el mar. Estaba bien formada, de pechos erguidos, largas piernas y cuerpo estilizado. Sabía nadar mejor que cualquier otra mujer de la isla. Se deslizó en el agua e inició sus largas y ágiles brazadas en dirección a Evelyn. Evelyn buceó, salió a flote y la agarró por las piernas. Estuvieron jugando dentro del agua. La semi obscuridad y el gorro de baño de Evelyn hacían difícil ver su cara. Las mujeres americanas tenían voces como de hombre.
Evelyn forcejeó con María y la abrazó bajo el agua. Ascendieron para respirar riendo, y nadaron indolentemente, separándose y volviéndose a reunir. La camisa de María flotaba en torno a sus hombros y estorbaba sus movimientos, hasta que se desprendió y María quedó desnuda.
Evelyn se sumergió y la tocó jugando, forcejeando con ella y buceando por debajo y por entre sus piernas. También Evelyn separó sus piernas para que su amiga pudiera bucear entre ellas y reaparecer por el otro lado. Flotando, dejó que María pasara bajo su arqueado trasero.
María advirtió que también Evelyn estaba desnuda.
De pronto, sintió que ésta la abrazaba por detrás, cubriendo todo su cuerpo con el suyo propio. El agua estaba tibia, como un lujuriante almohadón, tan salada que las llevaba, ayudándolas a flotar y a nadar sin esfuerzo. –Eres hermosa, María –dijo la profunda voz, y Evelyn mantuvo sus brazos en torno a la muchacha.
María quiso alejarse flotando, pero la retenían la calidez del agua y el roce constante con el cuerpo de su amiga. Se relajó, aceptando el abrazo. No sintió los pechos de Evelyn, pero recordó que había visto mujeres americanas que no los tenían. El cuerpo de María languidecía y quiso cerrar los ojos.
De pronto, lo que sintió entre las piernas no era una mano, sino otra cosa, algo tan inesperado y turbador que gritó. No era Evelyn, era un hombre, el hermano menor de Evelyn, que acababa de deslizar su pene erecto entre las piernas de María. Esta chillaba, pero nadie la oyó, y su grito fue sólo una reacción que le habían enseñado a esperar de sí misma. En realidad, el abrazo le pareció tan arrullador, cálido y placentero como la misma agua. El mar, el miembro y las manos conspiraron para despertar su cuerpo. Trató de alejarse nadando, pero el muchacho nadó bajo ella, la acarició, le agarró las piernas y la atrapó de nuevo por detrás.
Forcejearon en el agua pero cada movimiento la afectaba más, hacía que notara más el otro cuerpo contra el suyo y las manos sobre ella. El agua hacía que sus senos se balancearan adelante y atrás, como nenúfares flotando. El se los besó. Con el constante movimiento, no podía tomarla, pero su miembro tocaba una y otra vez el punto más vulnerable de su sexo, y María sentía cómo se desvanecían sus fuerzas. Nadó hacia la orilla, y él la siguió. Cayeron sobre la arena. Las olas seguían lamiéndoles mientras jadeaban, desnudos. Entonces, el hombre tomó a la mujer, y el mar llegó hasta ellos y lavó la sangre virginal.
A partir de aquella noche se encontraron a la misma hora.
La poseyó en el agua, bamboleándose y flotando. Los movimientos de sus cuerpos gozosos al compás del oleaje parecían formar parte del mar. Encontraron un repecho en una roca, y allí permanecieron juntos, acariciados por las olas y estremeciéndose en el orgasmo.
Cuando iba a la playa de noche me parecía verlos, nadando juntos, haciendo el amor.


Texto. "Mallorca" de Anaïs Nin.