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martes, 30 de noviembre de 2010

Definición


Podríamos tener una discusión sobre el amor.
Yo te diría que amo la curiosa manera
en que tu cuerpo y mi cuerpo se conocen,
exploradores que renuevan
el más antiguo acto del conocimiento.

Diría que amo tu piel y que mi piel te ama,
que amo la escondida torre
que de repente se alza desafiante
y tiembla dentro de mí
buscando la mujer que anida
en lo más profundo de mi interior de hembra.

Diría también que amo tus ojos
que son limpios y que también me penetran
con vaho de ternura o de preguntas.

Diría que amo tu voz
sobre todo cuando decís poemas,
pero también cuando sonás serio,
tan preocupado por entender
este mundo tan ancho y tan ajeno.

Diría que amo encontrarte
y sentir dentro de mí
una mariposa presa
aleteándome en el estómago
y muchas ganas de reírme
de la pura alegría de que existía y estás,
de saber que te gustan las nubes
y el aire frío de los bosques de Matagalpa.
Podríamos discutir si es serio
esto que te digo.
Si es una quemadura leve, de segundo,
tercer o primer grado.
Si hay o no que ponerle nombre a las cosas.
Yo sólo una simple frase afirmo
Te amo

Texto: "Definición" de Gioconda Belli

jueves, 25 de noviembre de 2010

Piedra de horno

 
La tarde abandonada gime deshecha en lluvia.
Del cielo caen recuerdos y entran por la ventana.
Duros suspiros rotos, quimeras lastimadas.
Lentamente va viniendo tu cuerpo.
Llegan tus manos en su órbita
de aguardiente de caña;
tus pies de lento azúcar quemados por la danza,
y tus muslos, tenazas del espasmo,
y tu boca, sustancia
comestible y tu cintura
de abierto caramelo.
Llegan tus brazos de oro, tus dientes sanguinarios;
de pronto entran tus ojos traicionados;
tu piel tendida, preparada
para la siesta:
tu olor a selva repentina; tu garganta
gritando –no sé, me lo imagino-, gimiendo
-no sé, me lo figuro-, quemándose- no sé, supongo, creo;
tu garganta profunda
retorciendo palabras prohibidas.
Un río de promesas
desciende de tu pelo,
se demora en tus senos,
cuaja al fin en un charco de melaza en tu vientre,
viola tu carne firme de nocturno secreto.
Carbón ardiente y piedra de horno
en esta tarde fría de lluvia y de silencio.

Texto:  "Piedra de horno" de Nicolás Guillén.

sábado, 20 de noviembre de 2010

A quien vela todo se revela

Bello es dormir al lado de una mujer hermosa,
después de haberla conocido
hasta la saciedad. Bello es correr desnudo
tras ella, por el césped
de los sueños eróticos.
Pero es mejor velar, no sucumbir
a la hipnosis, gustar la lucha de las fieras
detrás de la maleza, con la oreja pegada
a la espalda olorosa,
la mano como víbora en los pechos
de la durmiente, oírla
respirar, olvidada de su cuerpo desnudo.
Después, llamar a su alma
y arrancarla un segundo de su rostro,
y tener la visión de lo que ha sido
mucho antes de dormir junto a mi sangre,
cuando erraba en el éter,
como un día de lluvia.
Y, aún más, decirle: "Ven,
sal de tu cuerpo. Vámonos de fuga.
Te llevaré en mis hombros, si me dices
que, después de gozarte y conocerte,
todavía eres tú, o eres la nada".
Bello es oír su voz: -"'Soy una parte
de ti, pero no soy
sino la emanación de tu locura,
la estrella del placer, nada más que el fulgor
de tu cuerpo en el mundo".
Todo es cosa de hundirse,
de caer hacia el fondo, como un árbol
parado en sus raíces, que cae, y nunca cesa
de caer hacia el fondo.


Texto: "A quien vela todo se revela" de Gonzalo Rojas

lunes, 15 de noviembre de 2010

Fiesta de mujeres



CINTA ABISMAL


Es tu lengua
acierto de vigilia
dejándose llevar
por el lascivo
inquieto
travieso
viento moreno
de mis muslos
Hebra de agua tibia
descubriendo
mis pechos despiertos
piruetea con la gana
que el espejo refleja
en una marejada
de pulsos agitados 


Lápiz de filo diligente
perfilando mi abertura
que se explaya
enardece
y grita
soltando su vena
salpicando los sentidos
Voluntad de labios
sometiendo
labios a su voluntad
Anzuelo que pesca
sujeta
y
vuela
con mi carne
al punto preciso
donde el resuello
dice
que termina
y
la quietud
clama
por nacer.

Texto: "Cinta abismal" de Dina Posada.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El amor deja huellas


Un día me pidió que la matara
y yo me lo pensé.
Al señor magistrado le podrás decir
que era el primer orgasmo de mi vida
y que esa emoción violenta me mató,
a mí no me lo digas, llévame una flor.
A mí, dame la opulencia de tus manos
pegándome,
abriendo surcos de amor sobre mi piel,
tu distancia viéndome gozar, eso quiero,
las blasfemias al oído para poder llegar:
Puta... Puta... Puta... hoy no te pegaré
y, ahí, comenzaba el gran concierto.
Los ayes de la bestia se tragaban el alma
la moral quedaba arrinconada en la ventana
y la carne en su ética, más allá de mi goce,
imponía la maravilla del dolor, su algarabía.
Un día me pidió que la matara
y yo me lo pensé.
A tus amigos puedes decirles
que no te amaba tanto.
Que me fui con un hombre
que permite el silencio.
Todos los amigos entenderán,
me fui con un hombre,
que amaba con frenesí,
todos mis defectos.
Nadie preguntará por la que sólo goza
cuando sobre su piel el amor deja huellas,
marcas que atestigüen que estuvimos, ahí,
amándonos.


Texto: "Ella quería eso, y yo le daba eso. Ni semen, ni sonrisas, latigazos" (fragmento) de Miguel Oscar Menassa.
Imágenes: Alexandre Dupouy

viernes, 5 de noviembre de 2010

El sombrero

Oigo las llaves en la puerta. Sé que eres tú. Te estaba esperando. Rápidamente tiro un poco de las medias hacia arriba; me pellizco los pezones para que tú los veas duros, como te gusta; me bajo un poco el sombrero, hasta dejar los ojos entre sombras. Doblo un poco las rodillas e inclino hacia atrás la espalda hasta apoyarme en los codos.
Tú no me esperas. No sabes la sorpresa que te aguarda. Sin embargo algo flotando en el aire hace que te acuerdes de mí, y que una loca esperanza anide en tu corazón al entrar en casa. Hueles mi perfume, ruegas para que no sea una mala pasada de tu deseo. Pero el perfume sigue ahí, no es algo efímero, no es una leve sensación evocada por la memoria. Te acercas lentamente por el pasillo, siguiendo el rastro de tu presa.
Llegas a la habitación, y te quedas apoyado en el marco de la puerta, mirándome sorprendido, aliviado, y a la vez excitado. No me dices nada, pero te gusta lo que ves. Lo noto en el fuego de tu mirada, que me quema siguiendo cada parte de mi cuerpo. Te quitas la camisa y te quedas con el torso desnudo, te sientas en la cama, a mi lado. Me acaricias la mejilla suavemente. Luego sigues la linea de mis labios pintados de rojo sangre, con tu pulgar. Aprietas hasta introducir tu dedo en mi boca. Sé lo que quieres y lo hago. Te lo chupo como si fuera tu polla. El bulto entre tus piernas crece por momentos. Al cabo de un rato, tu mano prescinde de mi boca. Bajas acariciándome muy lentamente el cuello y el escote, cobijas en tu palma uno de mis pechos, juegas con mis pezones, los pellizcas, los estiras, los retuerces sintiendo crecer mis jadeos. Tu otra mano ha ocupado el lugar de esta mano juguetona en mi boca, de nuevo. Sigue tu viaje de exploración hacia el sur, acaricias circularmente mi barriguita. El maravilloso calor de tus manos se extiende en oleadas por todo mi cuerpo. Yo sigo chupando con ansia tus dedos, imaginándome que es esa polla incontenible que está a punto de reventar tu pantalón. Te deseo. Estoy caliente como el mismo infierno. Creo que voy a morirme cuando tu mano emprende aún más lenta si cabe, el camino hacia el abismo, la sima paradisíaca y a la vez pavorosa que siempre ansías explorar en profundidad. Cruzas la pequeña colina pilosa que separa mi placer maravilloso, de mi placer enloquecedor. Lo haces tan lentamente que me parece que nunca vas a llegar ni siquiera a rozar mi coño.
Y entonces lo haces. Me palpas con tu mano ardiente todo el sexo, introduciendo dos dedos en mi interior sin ninguna dificultad, y una lengua de fuego invade todo mi cuerpo. Gimo mirándote a los ojos, sabiendo que tu deseo es igual de fuerte que el mío. Mojas tu mano en mis abundantes jugos. Luego te levantas y liberas por fin tu polla del pantalón y los calzoncillos con un respingo.
Se alza orgullosa frente a mí, segura de su poder, extendiendo por la habitación tu olor a macho. Mi deseo se vuelve tortura, lames mis jugos de tu mano, mientras el fuego de tu mirada se clava en mis ojos de nuevo. Sé que ya no puedes más.
Te situas entre mis piernas y me lames los muslos, bajando cada vez más hacia la caverna primigenia, por fin siento tu aliento ahí. No puedo soportarlo más y cogiéndote por la cabeza incrusto tu cara en mi coño. Esa es la señal. Toda la calma de antes se ha vuelto tormenta incesante ahora. Lames, chupas, me saboreas como enloquecido. Y en un instante haces que me corra entre gritos y espasmos. Cuando logro calmarme, me incorporo y lamo mis jugos de tu cara. Tu precioso capullo me señala amenazador, brillante y violáceo. Tu polla, enorme como nunca, casi parece palpitar.
Me obligas a ponerme el sombrero otra vez. Lo había perdido al correrme. Luego me pides que me ponga a cuatro patas. Juegas con la parte baja de mi espalda. Me lames, soplas, la piel se me eriza. De vez en cuando un leve dedo roza suavemente mi sexo. Después decides concentrarte en mis carnosos gluteos, la manzana del Edén, como tú los llamas. Los aprietas, los lames, los muerdes. Tu mano se apodera de nuevo de mi coño. Arrancas de mí, jadeos y gemidos. El placer es tan insoportable que no puedo evitar exclamar casi con furia:
-¡Fóllame ya de una vez, cabrón!, ¡¡esto es inaguantable!!
-¿Quieres que te folle?... no, hoy me vas a follar tú a mí.
Y sigues jugando con mi culo, con tu aparente calma, mientras tu mano me da placer. Finalmente abres mis nalgas y tu lengua comienza a acariciar mi ano, primero en caricias leves, luego en caricias circulares que me vuelven loca, sin dejar de tocarme el clítoris. Cada vez tus caricias son más duras, más posesivas, y cada vez mi deseo mayor. Siento ligeros espasmos que recorren todo mi cuerpo, cada vez más frecuentes. Entonces cambias de técnica. Abres el cajón de la mesilla de noche, cojes un bote de lubricante y me untas el agujero del culo. Sigues acariciando con los dedos, me metes uno dentro, acariciando circularmente. Poco a poco me metes dos dedos. Sé lo que me espera, y en ese momento ya no deseo nada más. Estoy loca por correrme con tu polla clavada en el culo. Sin embargo, eso no me cuadra con lo que me has dicho antes. No importa, estoy tan caliente que no puedo pensar. Sólo siento. Soy un trozo de carne viva a punto de estallar de placer. Pero eres cruel. Justo antes de la convulsión que habría de conducirme al orgasmo, te paras y te tiendes a mi lado. Entonces, ¿eso significa que no vas a follarme el culo?
Te miro perpleja, sin saber muy bien qué quieres que haga. En cambio, tu polla sé bien lo que desea. No ha perdido ni un ápice de su excitación. Señala tan erecta el techo, que es difícil ignorarla.
Me siento encima de ti, y procedo a introducirla en mi coño, deseosa de apretarla entre mis paredes vaginales.
-No- me dices autoritariamente-. Quiero que me folles con mi polla clavada en tu culo, puta-. Susurras mientras embadurnas tu polla con más lubricante.
Un nuevo espasmo provocado por tus palabras recorre mi cuerpo. Nunca lo habíamos hecho así, pero tú lo deseas, y tu deseo es mi placer. Me clavo tu polla en el ano y empiezo a bajar muy despacio. A veces paro y espero unos instantes para acostumbrarme a tu volumen. Tu verga es muy gorda, y a veces aún me duele. Poco a poco, entre jadeos y leves gemidos, tu sexo entra todo en mi interior. Me siento bien ensartada, llena a más no poder. Me encanta. Mi coño no ha parado de humedecerse en todo el proceso. Me miras lujuriosamente. Sabes que soy tuya, que no puedo negarte nada.
-Estás preciosa con este sombrero... y ahora cabálgame, mi amor... vayamos juntos hacia el paraíso... - me dices con la voz entrecortada por la excitación, sintiendo el calor intenso de mis entrañas.
Me muevo encima de ti, primero despacio, gozando de las caricias de tus manos en mis tetas, en mis muslos, en mis caderas, finalmente me penetras en el coño con dos dedos, y yo te cabalgo cada vez más rápido, gritando ya más que gimiendo, oyendo tus palabras obscenas, sabiendo que el camino pronto terminará entre fuertes convulsiones de placer, que tú llenarás mi culo de leche y que yo me desintegraré una vez más en el infinito.

Texto: "El sombrero" de Assumpta Solsona Cabiscol (2007)